domingo, 19 de mayo de 2013

Oratoria para tontos

Oratoria para tontos


Para un país lleno de Cicerones de bolsillo.


Te doy la bienvenida, querido lector, a una clase introductoria de oratoria y dicción para cortos. La función básica de esta clase será transmitir tu mensaje de una manera cuanto más arrogante posible, de manera que aquél que no opine como tú, quede eclipsado por lo tonto que eres. A continuación, intentaré explicar, de una manera breve pero detallada, aquellos patrones por los que deberás regirte para que parezca que opinas algo y no se note tanto que lo que pasa es que odias a los moros, a los rojos y a toda esa panda de animales.


Aspectos básicos:

La teoría del retrete.

Un aspecto fundamental de la oratoria y la dicción para muñones. Para la correcta transmisión de tu mensaje, son necesarios tres elementos:

El emisor: Este sujeto tendrá la función de soltar la mierda. Normalmente, el emisor habrá sentido previamente una grave molestia (tal como que un negro pueda no morirse en España, o enterarse de que se está votando sobre algo). Esta molestia es conocida como diarrea mental y pondrá en marcha el proceso de defecar cantidades ingentes de opiniones que en realidad no te crees ni tú.

El receptor o retrete: Aquél que tendrá que tragársela. Éste tendrá la función de escucharte y analizar tus palabras, mientras se intenta evadir de otras tentaciones como por ejemplo forrarte a hostias para que te calles de una vez

El medio: Tu mayor aspiración será salir en la tele. A partir de ahí, puedes aplicar a placer la teoría mencionada con anterioridad, siempre asegurándote de que tu opinión es mierda y de no ser tan tonto como para que no se la trague nadie. Probablemente, éste sea el aspecto menos importante de los tres, pues tu basura, por desgracia para algunos, puede ser vista, leída o escuchada en cualquier sitio en el que tú la quieras poner.

NO pienses, habla: Es muy importante que tu opinión sea lo más impulsiva y poco argumentable que puedas. La argumentación, que servirá para que parezcas menos tonto, es un proceso posterior que hará que parezca que sepas de lo que hablas. Para ello, un buen medio es citar a filósofos. No importa si lo que dices no tiene una mierda de sentido, eso hará que parezcas más inteligente y que puedas aparecer en los medios-retrete más importantes de este país. (que es España, importante).

Repite la misma mierda una y otra vez

La mejor batalla contra los argumentos constructivos es repetir tu discurso bananero, que probablemente te esté convirtiendo en un bufón de los franquistas wannabes, una y otra vez, cada vez alzando más la voz y reduciendo más al absurdo el argumento del otro, que seguramente será profesor, pensador de izquierdas o de demás bandas de terroristas guarros. Tu misión será comerle el culo con una fruición legendaria a cualquiera de los domingueros con poder (eso que llaman la marca España) que gobiernan en este país (ojo, he dicho que gobiernan, no confundir con el PP), para que parezca que lo que dices es respaldable por alguna persona que no tenga un traje lleno de caspa o que no sea un cervezarca con sueños de dictador.

No dejes al otro hablar, no vaya a ser que tenga razón

La siguiente es la inteligente técnica de rebatir de antemano lo que opine el otro. La ancestral técnica cicerónica de adueñarse de la verdad, el legado del conocido como El orador perfecto, aquél que nunca perdió un caso, el maestro de la retórica, el que persuadía a los emperadores. Aquí, en la extrema derecha oradora, somos los chapurreadores de lo antiguo, los alumnos informales de la clase de la argumentación y del sentido común, los bad boys del instituto de la política, los bullies frustrados de todos aquellos que tienen algo que decir, aquellos a quienes llamamos izquierda.

Con estos sencillos pasos, ya puedes ser un orador basura, defensor de la extrema derecha y de la voluntad de los que no te quieren. Ya puedes ser uno más de los que piden tajada y no reciben, un dictador frustrado. Uno de los de haz lo que yo diga y no lo que yo haga, y de los de ustedes hagan lo que yo y no se metan en política. Ahora, puedes opinar sobre la universidad, sobre la enseñanza y sobre demás términos económicos sin tener ni puta idea. Enhorabuena, eres un opinador mal formado, un orador caducado.

Eres un Cicerón de bolsillo.

viernes, 10 de mayo de 2013

Burgueses de dos zonas

Hace unos días, asistí a un espectáculo insólito que aún me intento aclarar. Salí de casa corriendo y llegué a la estación de tren. Tarde, como siempre, pasé mi billete por una puertecita de color gris que ese día decidió funcionar y crucé la extraña barrera, seguramente extasiado, como si se tratase de alguna estúpida competición. Pero, una vez en el tren, todo iba a cambiar. Un alegre personaje se adueñó de la parte central del vagón y, en un alarde de generosidad, se dispuso a dar a los pasajeros un impredecible regalo: Una actuación. Gratuita.

Como lo oís. Obviamente, me giré hacia el escenario improvisado para contemplar el espectáculo, pero observé algo que me llamó la atención: Todo el mundo seguía igual. Unos leían el periódico, otros hablaban entre sí y otros, simplemente, no hacían nada, pero nadie se paró a disfrutar de esa actuación tan musicalmente impecable, excepto algunos que, pasados unos minutos, decidieron deleitarse con el inevitable concierto.

Como todas las cosas buenas de esta vida, la función se terminó. Nadie se levantó a darle la mano. Las jóvenes del tren no se abalanzaron sobre él, haciendo que tuviera problemas para cambiar de vagón, y los aplausos y los vitoreos no resonaron por todo el tren en ningún momento. En vez de eso, el artista pasó alegremente entre las gentes a recoger míseras propinas, que en su mayoría no debían superar lo que le habría costado el viaje. En un acto de total transgresión y temeridad, saqué de mi bolsillo una moneda que no se correspondía en absoluto con el valor su actuación y se la ofrecí. “Gracias”, me dijo, mientras el resto de la gente me miraba con una diversidad de expresiones que no supe descifrar.

¿Cómo es posible? ¿Cómo entender que incluso a mí, que siempre me he considerado buena persona, me costara de esa manera dar una moneda que no debía superar el euro? ¿Por qué, si he oído durante toda mi vida que hay ser piadoso con los pobres? No lo sé. Sólo sé que todos aquellos que no lo hemos sido, pasearemos un día con nuestros hijos y les enseñaremos a sentir pena y afecto por aquellos que no tienen nada. No sentiremos indignación, no estaremos enfadados, y ni siquiera se nos habrá pasado por la cabeza que aquellos compañeros nuestros, que están de nuestro bando, puedan tener ideas o historias que contar. Ese día comeremos bien y nuestra conciencia estará tranquila, aunque nuestros hijos jamás vayan a disfrutar de los regalos cuando viajan en tren. Los burgueses de dos zonas saldremos de las estaciones con un aire paternal hacia los que tienen menos que nosotros, y una vez en la calle, nos seguiremos quejando de nuestra miseria. Pero no habremos sido indiferentes con las personas que mueren de hambre. Y eso nos hará buenos y superiores. Aunque todo vaya a seguir igual. Aunque sólo nos sirvan para darnos pena.