La universidad no es lo que debería ser
Durante años he escuchado, con paciencia y escepticismo, a mucha gente secundar con entusiasmo la idea de la universidad como un espacio de desarrollo formativo e intelectual que da a sus estudiantes las armas para enfrentarse a los retos que les depara la vida. Sin embargo, esa propia concepción del mundo universitario acaba volviéndose contra sí misma en el momento en el que uno observa los mecanismos mediante los cuales se intenta desarrollar.
Todo el mundo que ha estudiado en la universidad tiene alguien a quien envidia; siempre es bueno tomar ejemplo de aquellas personas que trabajan bien y que nos recuerdan que podemos ser más productivos de lo que ya somos. Por lo general, son personas aplicadas que llegan siempre a todo mediante un esfuerzo superior al nuestro y que son capaces de cumplir a rajatabla las exigencias de cualquier asignatura. A todos nos encanta la manera de trabajar de alguien y admiramos a mentes que no pueden parar quietas ni un segundo porque se atrofian si se detienen. Ese es nuestro modelo. El del estudiante que se funde de manera ininterrumpida en un loable proceso de dessarrollo personal, haciéndose suya toda la cultura que le aporta el mundo universitario.
La idea perfecta e idealizada de la universidad no corresponde, por lo tanto, sino a un aislado e ininterrumpido proceso de desarrollo individual que no casa en absoluto con el objetivo de armar a los estudiantes para formar mentes críticas que puedan, algún día, contribuir a mejorar las condiciones de vida del país que invierte en su formación. El desarrollo individual es necesario, pero no debe jamás ser el único que se asocie a la universidad. Si el estudiante quiere, simplemente, cumplir el objetivo de ésta, es importante que sea consciente de que el trabajo universitario también debe ser colectivo, y que él mismo, por el hecho de ser estudiante, es una pieza fundamental en la maquinaria de defensa y de protección de la universidad y de todos los centros de estudio públicos que hacen posible recoger y formar al máximo de personas para que ello repercuta luego en el avance económico, político y social personal y de su pueblo.
Al estudiante no se le ha explicado suficiente que el estudio constante y la formación ininterrumpida sólo son una parte de las responsabilidades que tiene como eje imprescindible para la mejora de la educación y, por lo tanto, de la formación, del poder, de la soberanía y de la independencia en todos los sentidos de su pueblo y de su clase. Jamás se le ha explicado que la contribución que él puede (y debe) aportar se debe conseguir también a partir de la lucha política. El estudiante no sabe, en general, que debe crearse una opinión propia, formada y documentada de la realidad y que debe plantearse en qué términos debe establecerse la lucha política, que será la única que asegurará el buen funcionamiento de la educación que los estudiantes tanto aprecian. Esta lucha es la garantía última de que el funcionamiento de ésta pueda llegar a ser impecable. En definitiva, el estudiante en general no es suficientemente consciente como para entender que la educación concebida únicamente como un proceso de aprendizaje propio y personal es la condena por incomprensión del funcionamiento de la propia educación, y que la idea de independencia espiritual no asociada a ningún proceso de organización política pierde todo el sentido que pudiera tener, si es que alguna vez existieron argumentos para sostenerla.
La responsabilidad, por lo tanto, de aquellos que son conscientes de que la universidad no se queda fuera del funcionamiento de interés clasista por el que se rige el mundo es la de estar siempre al lado de los estudiantes, explicando con paciencia todas aquellas cosas que deben saber y concienciando de manera incansable pero humilde a sus compañeros de que el poder estudiantil debe articularse de manera inclusiva y cívica, pero siempre teniendo muy claro que su principal aliado no son las ideas, ajenas o propias, que se puedan producir dentro de una organización en concreto, ni los aspectos relacionados con la política interior de sindicatos o de colectivos y sus relaciones, sino el propio grueso de los estudiantes, que son los únicos que podrán articular la defensa real y tangible de la universidad mediante la organización y el entendimiento mutuo con aquellos que tienen sus mismos intereses, y mediante la decidida acción combativa contra aquellos que pretenden, mediante el Plan Bolonia, la Estrategia 2015 o cualquier otra ley creada para someter a los estudiantes de alrededor del mundo a los grandes capitales económicos, convertir la universidad en cualquier cosa que los estudiantes no hayan decidido por ellos mismos sin el paternalismo ni el liderazgo de ningún otro colectivo.
Ayotzinapa somos todos. O deberíamos.


