domingo, 29 de diciembre de 2013

Otro año que se va: El paradigma de mi miedo al vacío


En tan señaladas fechas, que muchos atribuyen a las costumbres y que otros atribuyen a solsticios que en su puta vida van a celebrar, ha llegado la hora de decirme a mí mismo (y, por qué no, a vosotros), todo lo que he aprendido este 2013. Dulce terapia. Empecemos.

He aprendido que las cosas pueden salir mal. He aprendido que a veces hay que ser verdugo en vez de víctima si uno no quiere salir mal parado y, a la vez, que hay que mirar con quién se junta uno si no nos queremos encontrar lo peor. He aprendido que el que decide permanecer ignorante está obligado a callar, y que el que decide saber es un traidor si no comparte. He aprendido que el que quiere cambiar algo, tiene que leer y he aprendido también que el dolor es inútil si no se convierte en respuestas. He aprendido que condenar al verdugo es ser piadoso y que perdonarlo es un crimen. Y he aprendido también que los diferentes, a veces, son iguales, que es algo que queda muy bonito sobre el papel pero que no vende cuando vas a comprar al moro o cuando hay una sinagoga al lado de tu casa que siempre está llena de gente que nunca te ha hecho nada. El racismo está en el subconsciente.

 He aprendido que hay que leer, escuchar, pensar, cantar, tocar, componer, reír, llorar, odiar y amar. Y he tenido la suerte de aprender que el que no se ama a sí mismo, difícilmente podrá dar amor a los demás. He aprendido que estamos obligados a ser felices, a no ser que queramos hundir a los nuestros en nuestro pozo de insatisfacción. He aprendido que para amar hay que conocer y para conocer hay que saber amar. Y que amar los defectos es lo más bonito que puedes hacer. Tú no decides a quién quieres, pero decides si lo quieres defender. Y he aprendido que en el amor no todo vale, que hay que ser justo, pero, amigo, no todo el mundo está listo para ello.

He podido comprobar que, a veces, hay que ser intransigente. Que hay que decir que no. Que a veces tiene que ser tu opinión la que valga y no la del otro tan sólo porque esté mejor expuesta. Que a veces no hay que pensar, sino que creer. He aprendido que las cosas que se deshacen se pueden volver a montar, y que quejarse es serte a ti mismo un ladrón. Pero no de dinero, sino de tiempo. Y eso es mucho peor.

He aprendido que la vida pasa y que hay que aprender a amarla. Que el mañana es incierto y que el ayer, si lo sabes usar, es un tesoro. He aprendido que, a veces, es mejor bailar las penas que llorarlas, y que querer no es querer contigo, sino entender que puedan querer sin ti. He podido aprender (aún más) que si tú pares, tú decides y que eres una persona, no una fábrica de nada. Y que nadie adquiere derechos por depositar semen en otra persona.

Pero, sobretodo, he aprendido que es muy fácil aprender si lo hago contigo. Contigo, amigo, que has entrado aquí porque te interesa lo que pienso y porque, hablándote desde el cariño que obviamente te tengo, sé que te intereso y que tú a mí también.

Sé que debo mirar hacia adelante y que debo aprender a pensar en mí, pero si tengo que hacerlo dejándote de lado, esto no está hecho para mí. No es mi estilo. Y, aunque haya tenido que caer por mantenerlo, no me arrepiento. Je ne regrette rien.

Pero tampoco me rindo.




domingo, 8 de diciembre de 2013

Nos comunicamos mal

Las redes sociales como manera de comunicarnos y compartir información útil están fracasando. Y no es que no sean útiles, por supuesto que no. Cualquier persona que tenga un grupo, un negocio o, en general, algo que promocionar, coincidirán conmigo en que son una herramienta más que necesaria, pero eso no implica que esté siendo utilizada para aquello para lo que, desde mi punto de vista, debería servir.

Estos días he estado contemplando cómo la gente malgasta sus fuerzas en cosas individuales que no tienen más importancia que el disfrute personal. Los medios de comunicación por los que nos solemos expresar, que se popularizaron como una manera de compartir información y vivencias y, en definitiva, enriquecer nuestras vidas, han pasado a ser, en su mayoría, ventanales y escaparates en los que las personas nos muestran sus vidas de una manera unidireccional. Y esto tiene una explicación: No queremos aportar, queremos triunfar. Los verdaderos referentes de las personas son gente que han triunfado, no que han aportado. La gente no quiere ser inteligente para  mejorar la sociedad, quiere ser inteligente para mejorarse a sí mismo. La gente quiere tener un buen trabajo y una buena casa, tener éxito y sentirse pleno. Nadie entiende el hecho de esforzarse como una manera de aportar cosas a los demás, sino como una manera de ganarse el pan y el bienestar. Y es comprensible, no digo que no, pero no podemos caer en el error de concebir el esfuerzo sólo como una manera de recoger los frutos que nosotros sembramos, aunque, desgraciadamente, tú y yo no tengamos más remedio.

Pero precisamente por eso, porque hay gente como tú y como yo que no tiene más remedio, deberíamos encontrar una manera eficaz de comunicarnos. Y la única manera de conseguir eso será sacrificar parte de nuestro ego personal en favor de información útil. Hay que tener muy claro que, cuando nos agrupamos con gente que tiene una finalidad común, el progreso del otro es el tuyo, y así empezar una manera eficaz de relacionarnos y de intentar mejorar las cosas. Hay que entender que los problemas de la gente sólo los puede solucionar la gente, y que las redes sociales son una herramienta útil para que la gente ejerza su derecho a informarse, a agruparse y a manifestarse y tenga armas para poder crecer intelectualmente y cambiar de verdad su vida y la de aquellos que le rodean. Cambiarla realmente, de manera palpable, de facto, convirtiendo los grandes espacios de comunicación y de intercambio de información en una biblioteca para que la gente que luego vaya a hacer fuerza de verdad para cambiar las cosas en la calle.