domingo, 29 de diciembre de 2013

Otro año que se va: El paradigma de mi miedo al vacío


En tan señaladas fechas, que muchos atribuyen a las costumbres y que otros atribuyen a solsticios que en su puta vida van a celebrar, ha llegado la hora de decirme a mí mismo (y, por qué no, a vosotros), todo lo que he aprendido este 2013. Dulce terapia. Empecemos.

He aprendido que las cosas pueden salir mal. He aprendido que a veces hay que ser verdugo en vez de víctima si uno no quiere salir mal parado y, a la vez, que hay que mirar con quién se junta uno si no nos queremos encontrar lo peor. He aprendido que el que decide permanecer ignorante está obligado a callar, y que el que decide saber es un traidor si no comparte. He aprendido que el que quiere cambiar algo, tiene que leer y he aprendido también que el dolor es inútil si no se convierte en respuestas. He aprendido que condenar al verdugo es ser piadoso y que perdonarlo es un crimen. Y he aprendido también que los diferentes, a veces, son iguales, que es algo que queda muy bonito sobre el papel pero que no vende cuando vas a comprar al moro o cuando hay una sinagoga al lado de tu casa que siempre está llena de gente que nunca te ha hecho nada. El racismo está en el subconsciente.

 He aprendido que hay que leer, escuchar, pensar, cantar, tocar, componer, reír, llorar, odiar y amar. Y he tenido la suerte de aprender que el que no se ama a sí mismo, difícilmente podrá dar amor a los demás. He aprendido que estamos obligados a ser felices, a no ser que queramos hundir a los nuestros en nuestro pozo de insatisfacción. He aprendido que para amar hay que conocer y para conocer hay que saber amar. Y que amar los defectos es lo más bonito que puedes hacer. Tú no decides a quién quieres, pero decides si lo quieres defender. Y he aprendido que en el amor no todo vale, que hay que ser justo, pero, amigo, no todo el mundo está listo para ello.

He podido comprobar que, a veces, hay que ser intransigente. Que hay que decir que no. Que a veces tiene que ser tu opinión la que valga y no la del otro tan sólo porque esté mejor expuesta. Que a veces no hay que pensar, sino que creer. He aprendido que las cosas que se deshacen se pueden volver a montar, y que quejarse es serte a ti mismo un ladrón. Pero no de dinero, sino de tiempo. Y eso es mucho peor.

He aprendido que la vida pasa y que hay que aprender a amarla. Que el mañana es incierto y que el ayer, si lo sabes usar, es un tesoro. He aprendido que, a veces, es mejor bailar las penas que llorarlas, y que querer no es querer contigo, sino entender que puedan querer sin ti. He podido aprender (aún más) que si tú pares, tú decides y que eres una persona, no una fábrica de nada. Y que nadie adquiere derechos por depositar semen en otra persona.

Pero, sobretodo, he aprendido que es muy fácil aprender si lo hago contigo. Contigo, amigo, que has entrado aquí porque te interesa lo que pienso y porque, hablándote desde el cariño que obviamente te tengo, sé que te intereso y que tú a mí también.

Sé que debo mirar hacia adelante y que debo aprender a pensar en mí, pero si tengo que hacerlo dejándote de lado, esto no está hecho para mí. No es mi estilo. Y, aunque haya tenido que caer por mantenerlo, no me arrepiento. Je ne regrette rien.

Pero tampoco me rindo.




domingo, 8 de diciembre de 2013

Nos comunicamos mal

Las redes sociales como manera de comunicarnos y compartir información útil están fracasando. Y no es que no sean útiles, por supuesto que no. Cualquier persona que tenga un grupo, un negocio o, en general, algo que promocionar, coincidirán conmigo en que son una herramienta más que necesaria, pero eso no implica que esté siendo utilizada para aquello para lo que, desde mi punto de vista, debería servir.

Estos días he estado contemplando cómo la gente malgasta sus fuerzas en cosas individuales que no tienen más importancia que el disfrute personal. Los medios de comunicación por los que nos solemos expresar, que se popularizaron como una manera de compartir información y vivencias y, en definitiva, enriquecer nuestras vidas, han pasado a ser, en su mayoría, ventanales y escaparates en los que las personas nos muestran sus vidas de una manera unidireccional. Y esto tiene una explicación: No queremos aportar, queremos triunfar. Los verdaderos referentes de las personas son gente que han triunfado, no que han aportado. La gente no quiere ser inteligente para  mejorar la sociedad, quiere ser inteligente para mejorarse a sí mismo. La gente quiere tener un buen trabajo y una buena casa, tener éxito y sentirse pleno. Nadie entiende el hecho de esforzarse como una manera de aportar cosas a los demás, sino como una manera de ganarse el pan y el bienestar. Y es comprensible, no digo que no, pero no podemos caer en el error de concebir el esfuerzo sólo como una manera de recoger los frutos que nosotros sembramos, aunque, desgraciadamente, tú y yo no tengamos más remedio.

Pero precisamente por eso, porque hay gente como tú y como yo que no tiene más remedio, deberíamos encontrar una manera eficaz de comunicarnos. Y la única manera de conseguir eso será sacrificar parte de nuestro ego personal en favor de información útil. Hay que tener muy claro que, cuando nos agrupamos con gente que tiene una finalidad común, el progreso del otro es el tuyo, y así empezar una manera eficaz de relacionarnos y de intentar mejorar las cosas. Hay que entender que los problemas de la gente sólo los puede solucionar la gente, y que las redes sociales son una herramienta útil para que la gente ejerza su derecho a informarse, a agruparse y a manifestarse y tenga armas para poder crecer intelectualmente y cambiar de verdad su vida y la de aquellos que le rodean. Cambiarla realmente, de manera palpable, de facto, convirtiendo los grandes espacios de comunicación y de intercambio de información en una biblioteca para que la gente que luego vaya a hacer fuerza de verdad para cambiar las cosas en la calle.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El arte eres tú

Me invade una cierta tristeza al ver cómo se muestra la gente. Me apena el afán por convencer y el deseo de aparentar. Me desconcierta y me desorienta el ver cómo tanta gente comparte y enseña su éxito sin saber yo siquiera para qué lo quieren o lo necesitan. Es como si las vidas de todos los que no son yo fueran un mar de éxitos e ilusiones con alguna pena endulzada que no cuestiona en absoluto su integridad, como si sus vidas fueran un ascenso sin límites en el que a veces se encuentra una piedra que quitar del camino.

Me cuesta encontrar las noches sin dormir, los puntos y comas que no saben dónde ponerse, las notas malsonantes, las lágrimas, los nervios, las manos que tiemblan y las mentes que se bloquean y se controlan. Y no es por que tenga envidia y la quiera calmar, sino porque busco, en algún sitio idílico, un mundo en el que la gente se conozca para poder ayudarse, y en el que cada uno ascienda porque tiene fuerza y algo que aportar. Me disgusta el pensar del que pisa un nuevo escalón sin saber que ha roto los de abajo, pues cuando el aire le ahogue no tendrá más remedio que saltar. Y, sin embargo, simpatizo con el que cree en lo que ha hecho y lo potencia y promueve con todas sus fuerzas.

Los elogios me pesan, porque me cuesta encontrar la grandeza que me sugieren en el cuerpo de una persona como yo, y me causan miedo las palabras de aquellos que engrandecen mi trabajo, pues son ésas y las mías propias las que me han subido en esta nube de idiotez de la que me cuesta tanto salir.

Poca gente verá estas cosas y menos las entenderán de verdad, pero es esencial para solucionar los grandes problemas que, hoy en día, tiene el arte. Las fotos del Facebook, las páginas de internet y los carteles de conciertos te servirán para aumentar tu ego y dar impresión de que todo lo haces bien, pero no te ayudarán a mejorar. No te ayudarán ni a tocar mejor, ni a cantar mejor, ni a pintar mejor, ni a escribir mejor, ni a esculpir mejor. No contribuirán a construir los fundamentos del castillo de sentimientos, emociones y principios que tu arte debe representar. Y, como toda casa que se empieza por el tejado, caerá. Caerá y se perderá para siempre en el olvido de las fotos de Facebook, las páginas de internet y los carteles de conciertos. Una pena.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Hay que follarse a las mentes


Odio Agosto, es el domingo del año. Me engorda la mente y me esboza una sonrisa extremadamente patosa mientras las ideas geniales y el trabajo constante se me escapan como un tren al que dejo pasar con una impasibilidad bíblica.

Voy a volver. Voy a levantarme de una vez de esa tremenda siesta que supone el verano respecto a los demás meses del año. Aunque también hay que decir que el verano se ha llevado muchas cosas malas, pero bueno, será cuestión de ir haciendo y probando a ver cómo se pueden recuperar. De momento me voy a hacer una manzanilla, que así parezco más intelectual. Pues no, mira, un té.

Hablando de intelectualidad, cómo no recordar a ese brillante Sherlock que desea con todas sus fuerzas un asesinato en su ciudad sólo para volver a activar su mente después de un par de días aburrido en su salón pegando tiros y tocando el violín. Os mentiría si os dijese que no incorporaría bastantes cosas de su personalidad a la mía, pero, por suerte, la mente crece con el trabajo y muere con el descanso, cosa que tan sólo nos puede conducir, a ti y a mí, amigo, a una síntesis. Ser una persona normal, con sus sentimientos y su humor, pero con un toque de intelectualidad que nos haga interesantes. O unos intelectuales con sentimientos, como se quiera ver. ¿A que mola?

Sí, mola. A todos nos mola ese toque de arrogancia que culmina la inteligencia. Esas grandes mentes que eclipsan a cuerpos pequeños, no necesariamente apetecibles si no fuera por la psicología que nos ata. Y a todos nos molan esas personalidades extrovertidas que nos engañan hasta en lo más tonto. Esa gente perfecta que es capaz de ver su perfección y tapar aquello que no tienen: errores. Y que dejan en ti un recuerdo de esplendor que eclipsa a todos los demás. Venga, es que al igual no os gusta.

Pero bueno, en parte por eso, por lo perfectos que podemos llegar a ver a los demás si no pensamos, hay que empezar desde cero y, después de tan largo período de inactividad, volver a los inicios, empezando por aquello que todos sabemos que es fundamental si queremos que algo nos salga bien: conocernos. Conocernos y trabajar, siendo conscientes de que es inútil pensar si no es para solucionar nuestros errores. Los que estudiéis lo tendréis muy fácil, porque supongo que ya sabréis perfectamente qué lugar ocupa lo que hacéis en vuestra vida y además la mayoría os habréis inspirado más o menos en alguna persona como la que yo he citado arriba. Hay que retomar la idea de activar la mente, de abrirla y ensancharla todo lo que se pueda para poder abarcar todas esas tareas que la van a estimular poco a poco, mirándonos a nosotros mismos y viendo cómo crecemos. Nadie de las personas que creemos tan malditamente interesantes ha llegado a ser lo que es sin contemplar cómo avanza y sin ser ayudados, en algunos atractivos casos, con un ego tan sexy... pero tanto...

Y no es que tengas que esforzarte por ser como nadie, pero todos buscamos ese equilibrio y ese punto álgido entre inteligencia, felicidad y bienestar propio y creo que el trabajo y un poco de ego sano son una buena manera de alcanzarlo. Que sí, que hay otros caminos, está claro, pero probablemente no sean tan interesantes de escribir con un folio en blanco delante y una intelectual manzanilla que me he dejado en el microondas.

Eh, pero aún está calentica. En fin, amigos, que esto no iba a ser un consejo ni una reflexión sobre lo interesante que son las mentes sexys acompañadas o no de cuerpos apetecibles, pero ya que he divagado un poco y me he permitido compartir con vosotros los deberes que creo que hay que hacer ahora que se acaba el verano, sí que os daré un consejo: No seáis tontos, el trabajo en lo que queréis y un poquito de ego siempre ayudan.

Y recordad: Hay que follarse a las mentes. El cuerpo es lo que viene después.

jueves, 22 de agosto de 2013

¡Eso lo hace mi hija!


Debo reconocer que estoy un poco confuso. A mí me habían dicho que el mundo del arte era un lugar en donde uno podía crear para intentar cambiar las cosas, o para llenar su vida o, lo que es más bonito aún, llenar la de otros (cosa que va íntimamente ligada). Pero desde el día en el que entré, vengo observando ciertos comportamientos que entran patosamente en la incoherencia más profunda y se quedan dentro chapoteando, seguramente porque es más difícil aprender a nadar que llorar mientras te ahogas en el agua. Al principio quise creer que tan sólo una parte de los que gustan de esta actividad tan sana que es el arte eran cerrados de mente. Intenté creerme todo aquello de que el arte es el lugar de la gente abierta y, según mi experiencia, es cierto que lo es, pero ese aparente respeto hacia todo lo demás se compensa (muchas veces de manera exagerada) con un odio incomprensible hacia todo aquello que no se quiere entender. Y es que en el mundo del arte el resentimiento hacia los demás y el intentar ser más que ellos está a la orden del día. 

Hasta cierto punto, comparar está bien y es, incluso, necesario, porque sin un punto de referencia no podríamos notar si nuestro grupo ha mejorado o seguimos igual que estábamos hace dos años pero es eso mismo, el comparar tu arte con el de otros, lo que da lugar a los malentendidos más patosos de este mundo supuestamente intelectual y de ideas abiertas. Es como decir que los macarrones son mejores que las naranjas, no tienes ningún criterio lógico sobre el que basarte, es una afirmación sin sentido. La música es la cuna de este tipo de pensamientos, pero lo más alarmante de todo es que suelen ser, además, bastante absurdos a la par que arrogantemente utilizados. No es que yo, por ejemplo, diga que este grupo me parece malo, es que digo que es una mierda y, si luego alguien argumenta algo lógico en contra de lo que yo digo, entonces doy cualquier excusa para seguir pensando que lo que yo digo que es basura es basura, no vaya a ser que yo tenga que abrir mi mente un poco más. Y no es que quiera meterme con nadie, sólo quiero intentar mejorar lo que veo.

Pero esto no sólo pasa en la música. Yo, personalmente, no tengo ni idea de casi ningún arte a parte de la música y de escribir, de lo que considero que bueno, aunque no mucho, algo sé, pero en la pintura y la escultura esta falta de argumentos también está a la orden del día, y hablo teniendo en cuenta lo poco que he tenido el sumo placer de tener contacto con ellas. Me asombra la amplia estupidez con la que muchos hemos contemplado un cuadro abstracto y hemos dicho que eso lo hacíamos hasta nosotros, o la impasibilidad con la que muchos dejamos de estudiarnos Nit de Lluna porque sería una putada que esa "parida" saliera en selectividad. Sin embargo, muchos de nosotros salimos del museo y nos ponemos a adular las canciones más sencillas y los escritos más simples.




Eso sí está bien. Lo hace todo el mundo y lo tengo a todas las horas del día, por lo tanto es algo a lo que es muy fácil que la gente se enganche y pueda mantener una conversación conmigo sin la necesidad de esgrimir ese clásico argumento: "Esto lo hace mi hija". Y qué pena me da que sueltes eso a la ligera, amigo, porque aunque tú no lo sepas, igual tienes una hija artista, pero es posible que nunca apagues la tele y pienses en ello lo suficiente como para llegar a entenderlo.

martes, 23 de julio de 2013

Noches que gritan por sí solas.


Que se acaben las mentiras, que se acaben las verdades.


Que se acabe el "depende" y me deje decidir entre el sí y el no. Que se vaya lo que me retrasa y me venga lo que es posible. Que se aparten los indecisos que no se unan a mi causa, excepto los que yo con mi dedo señale porque así lo decida. Que no decrezca el odio hacia lo que me para ni el rechazo a las medias tintas, salvo por aquellas personas a quienes decida perdonar. Que huyan muy lejos las opiniones que se cruzan, los bramidos de los que se quedan en el camino y las palabras de aire que sostienen los orgullos de plomo. Que se vayan los enfermos por opinar y los que señalan con el dedo, pues no tengo intención de dar la mano a aquellos que viven con el puño cerrado.

Que se piren todos y que dejen de contaminarme; que el aire negro de su estupidez sea sustituido por una brisa de aburrida inteligencia y que me dejen en paz, que ya la decoraré yo solo con las pocas semillas que en el campo de la razón he conseguido sembrar. Que la gente piense, y que cultiven su mente para poder recoger.

Que reine la multitud que piensa y que da, y que pida recibir cuando lo crea necesario. Que nazcan muchas personas que necesiten hacer felices a otras personas, y que éstas queden marcadas y necesiten hacer felices a otros. pero que no terminen los disgustos y los desencantos, el sufrimiento y la pena, para sentir el éxtasis de hacer feliz a otro por ninguna razón. Que nazca gente normal, con vida, y que no entren en la del otro si no es para mejorarla sin permiso. Que violen consentidamente tu alma, viciosos y presos de la droga que representas.

Pienso y eso me duerme, pero al dormir despierto. Escribo para cansarme y mantener a la bestia atada y lucho, lucho para hundirme en sueños de la manera que sea. No quiero ganar, no quiero perder... quiero acabar; quiero pararme para volver a caminar. Dejarlo todo donde se quedó y retomar, desde más cerca o desde más lejos, pero retomar y volver a andar, andar para no estar parado y pensar en lo que he dejado atrás. O no, o fundirme y ya está, y despertarme en algún sitio, de cerca o de lejos, de aquí o de allá, habiendo tenido el placer de hacer lo que he querido. Aunque eso sea nada. Pero es mío. Y eso lo decido yo.

Que huyan todos los que me ponen piedras en el camino, que corran muy lejos. Excepto los que os habéis ganado mi amor y respeto, que se vayan todos. Al infierno.

Dios.

sábado, 29 de junio de 2013

No triunfes

No triunfes


O la apasionante historia de los que hemos oído esa frase.

Vivimos en un mundo bastante singular y curioso que alardea, anuncio tras anuncio, conversación tras conversación y propaganda tras propaganda, de ser un lugar en el que todo el mundo puede realizar su sueño. «La tierra de la Libertad », se atreven a llamarse algunos, y por todas partes nos llueven invitaciones a saciar nuestras inquietudes y a luchar por lo que queremos.

La imagen del éxito como ese ente superior que sólo puede estar al alcance de unos pocos privilegiados es tan abstracta e inalcanzable que las personas llegamos a creer que probablemente nunca lleguemos a ella. ¿O acaso me equivoco? ¿Acaso no todos hemos comenzado proyectos, aún creyendo que podríamos no comernos ni un rosco?

Sin embargo, tú, iluso e inocente y con el ánimo de todos, te tiras de cabeza y esperas, de alguna manera, llegar a ese éxito. A ése que te han vendido. No al tuyo propio.

Nadie te va a decir que hagas lo que te llene, aún si eso no gusta a otra gente. Nadie te va a decir que tú decides cuál es la meta que te quieres poner, ni que no tiene que ser necesariamente tan alta como la de los demás. Nadie te va a animar a que forjes tu propia vida, ni a decidir cuánto quieres trabajar en ello. Nadie te presentará el trabajo como algo gratificante que puede enriquecer tu vida y permitirte ir a dormir tranquilo cada día, sabiendo que estás un poco más cerca de aquello que tú realmente quieres. Nadie te dirá que busques en tu interior aquello que sabes hacer y se lo ofrezcas a la gente. No hay, probablemente, persona en el mundo que te vaya a decir que hagas aquello que sabes hacer y no aquello que crees que va a gustar a la gente. Nadie te dirá que conviertas la felicidad de otros en tu obsesión ni te animarán a explorar las mentes de las personas para saber cómo puedes llegar a ellas. No te enseñarán a ponerte en el lugar de aquél que te presta atención, ni te darán una brújula con la que puedas guiarte por el extraño mundo que es tu vida, ese mundo en el que tendrás tantas cosas por aprender. 

 La visión simplista del éxito, en la que uno no consigue nada hasta que no es conocido y admirado por mucha gente, es algo que vende muy bien. Es algo que queda muy bonito viniendo de cantantes con la vida resuelta o de gente que vive de comerle el culo al mercado. A muchos les da igual, amigo, que seas tú quien decide hacer lo que quieras. Les da igual que sepas que eres libre de decidir cómo quieres hacer las cosas. Les da igual hacerte ver todo lo que puedes ganar.

Hagas lo que hagas, siempre encontrarás a gente que te dirá que es imposible. Que necesitas dinero, que tienes que estudiar, que tú solo no podrás. Te dirán que eso es algo temporal, algo en lo que no puedes persistir.Y es que la envidia, compañero, y el sentimiento de que si ellos no han podido, tú tampoco podrás, puede salir incluso de las personas que menos imaginas. No debes culparlas, porque lo último que debes hacer es no cuidar de tus compañeros de viaje, pero sí es cierto que algunos te lanzarán un mensaje de desánimo camuflado de advertencia: ¡Para eso tienes que practicar mucho! ¡Para eso necesitas dinero! ¡Cómo vas a hacer eso tú solo, si soy yo quien te lo hace todo?. Te dirán, indirectamente, que no triunfes. Bueno, que ni lo intentes.


Nadie descubrirá ni aprenderá nada por ti, y eso es una suerte, amigo, eso es un tesoro; guárdalo bien y deslómate por abrirlo. De lo contrario, tendrás una vida tranquila y relajada, sin nada que demostrar a nadie, sin nada que superar. Sin nada que ganar ni nada que perder; sin ninguna necesidad de trabajar ni ningún fruto que recoger. Sin ni siquiera saber todo lo que te pierdes. Una vida, aunque tú no lo sepas, menos vida. Un abismo en el que, tarde o temprano, terminarás cayendo al vacío.

Y Horror Vacui, amigo mío. Tenle miedo al vacío.

domingo, 19 de mayo de 2013

Oratoria para tontos

Oratoria para tontos


Para un país lleno de Cicerones de bolsillo.


Te doy la bienvenida, querido lector, a una clase introductoria de oratoria y dicción para cortos. La función básica de esta clase será transmitir tu mensaje de una manera cuanto más arrogante posible, de manera que aquél que no opine como tú, quede eclipsado por lo tonto que eres. A continuación, intentaré explicar, de una manera breve pero detallada, aquellos patrones por los que deberás regirte para que parezca que opinas algo y no se note tanto que lo que pasa es que odias a los moros, a los rojos y a toda esa panda de animales.


Aspectos básicos:

La teoría del retrete.

Un aspecto fundamental de la oratoria y la dicción para muñones. Para la correcta transmisión de tu mensaje, son necesarios tres elementos:

El emisor: Este sujeto tendrá la función de soltar la mierda. Normalmente, el emisor habrá sentido previamente una grave molestia (tal como que un negro pueda no morirse en España, o enterarse de que se está votando sobre algo). Esta molestia es conocida como diarrea mental y pondrá en marcha el proceso de defecar cantidades ingentes de opiniones que en realidad no te crees ni tú.

El receptor o retrete: Aquél que tendrá que tragársela. Éste tendrá la función de escucharte y analizar tus palabras, mientras se intenta evadir de otras tentaciones como por ejemplo forrarte a hostias para que te calles de una vez

El medio: Tu mayor aspiración será salir en la tele. A partir de ahí, puedes aplicar a placer la teoría mencionada con anterioridad, siempre asegurándote de que tu opinión es mierda y de no ser tan tonto como para que no se la trague nadie. Probablemente, éste sea el aspecto menos importante de los tres, pues tu basura, por desgracia para algunos, puede ser vista, leída o escuchada en cualquier sitio en el que tú la quieras poner.

NO pienses, habla: Es muy importante que tu opinión sea lo más impulsiva y poco argumentable que puedas. La argumentación, que servirá para que parezcas menos tonto, es un proceso posterior que hará que parezca que sepas de lo que hablas. Para ello, un buen medio es citar a filósofos. No importa si lo que dices no tiene una mierda de sentido, eso hará que parezcas más inteligente y que puedas aparecer en los medios-retrete más importantes de este país. (que es España, importante).

Repite la misma mierda una y otra vez

La mejor batalla contra los argumentos constructivos es repetir tu discurso bananero, que probablemente te esté convirtiendo en un bufón de los franquistas wannabes, una y otra vez, cada vez alzando más la voz y reduciendo más al absurdo el argumento del otro, que seguramente será profesor, pensador de izquierdas o de demás bandas de terroristas guarros. Tu misión será comerle el culo con una fruición legendaria a cualquiera de los domingueros con poder (eso que llaman la marca España) que gobiernan en este país (ojo, he dicho que gobiernan, no confundir con el PP), para que parezca que lo que dices es respaldable por alguna persona que no tenga un traje lleno de caspa o que no sea un cervezarca con sueños de dictador.

No dejes al otro hablar, no vaya a ser que tenga razón

La siguiente es la inteligente técnica de rebatir de antemano lo que opine el otro. La ancestral técnica cicerónica de adueñarse de la verdad, el legado del conocido como El orador perfecto, aquél que nunca perdió un caso, el maestro de la retórica, el que persuadía a los emperadores. Aquí, en la extrema derecha oradora, somos los chapurreadores de lo antiguo, los alumnos informales de la clase de la argumentación y del sentido común, los bad boys del instituto de la política, los bullies frustrados de todos aquellos que tienen algo que decir, aquellos a quienes llamamos izquierda.

Con estos sencillos pasos, ya puedes ser un orador basura, defensor de la extrema derecha y de la voluntad de los que no te quieren. Ya puedes ser uno más de los que piden tajada y no reciben, un dictador frustrado. Uno de los de haz lo que yo diga y no lo que yo haga, y de los de ustedes hagan lo que yo y no se metan en política. Ahora, puedes opinar sobre la universidad, sobre la enseñanza y sobre demás términos económicos sin tener ni puta idea. Enhorabuena, eres un opinador mal formado, un orador caducado.

Eres un Cicerón de bolsillo.

viernes, 10 de mayo de 2013

Burgueses de dos zonas

Hace unos días, asistí a un espectáculo insólito que aún me intento aclarar. Salí de casa corriendo y llegué a la estación de tren. Tarde, como siempre, pasé mi billete por una puertecita de color gris que ese día decidió funcionar y crucé la extraña barrera, seguramente extasiado, como si se tratase de alguna estúpida competición. Pero, una vez en el tren, todo iba a cambiar. Un alegre personaje se adueñó de la parte central del vagón y, en un alarde de generosidad, se dispuso a dar a los pasajeros un impredecible regalo: Una actuación. Gratuita.

Como lo oís. Obviamente, me giré hacia el escenario improvisado para contemplar el espectáculo, pero observé algo que me llamó la atención: Todo el mundo seguía igual. Unos leían el periódico, otros hablaban entre sí y otros, simplemente, no hacían nada, pero nadie se paró a disfrutar de esa actuación tan musicalmente impecable, excepto algunos que, pasados unos minutos, decidieron deleitarse con el inevitable concierto.

Como todas las cosas buenas de esta vida, la función se terminó. Nadie se levantó a darle la mano. Las jóvenes del tren no se abalanzaron sobre él, haciendo que tuviera problemas para cambiar de vagón, y los aplausos y los vitoreos no resonaron por todo el tren en ningún momento. En vez de eso, el artista pasó alegremente entre las gentes a recoger míseras propinas, que en su mayoría no debían superar lo que le habría costado el viaje. En un acto de total transgresión y temeridad, saqué de mi bolsillo una moneda que no se correspondía en absoluto con el valor su actuación y se la ofrecí. “Gracias”, me dijo, mientras el resto de la gente me miraba con una diversidad de expresiones que no supe descifrar.

¿Cómo es posible? ¿Cómo entender que incluso a mí, que siempre me he considerado buena persona, me costara de esa manera dar una moneda que no debía superar el euro? ¿Por qué, si he oído durante toda mi vida que hay ser piadoso con los pobres? No lo sé. Sólo sé que todos aquellos que no lo hemos sido, pasearemos un día con nuestros hijos y les enseñaremos a sentir pena y afecto por aquellos que no tienen nada. No sentiremos indignación, no estaremos enfadados, y ni siquiera se nos habrá pasado por la cabeza que aquellos compañeros nuestros, que están de nuestro bando, puedan tener ideas o historias que contar. Ese día comeremos bien y nuestra conciencia estará tranquila, aunque nuestros hijos jamás vayan a disfrutar de los regalos cuando viajan en tren. Los burgueses de dos zonas saldremos de las estaciones con un aire paternal hacia los que tienen menos que nosotros, y una vez en la calle, nos seguiremos quejando de nuestra miseria. Pero no habremos sido indiferentes con las personas que mueren de hambre. Y eso nos hará buenos y superiores. Aunque todo vaya a seguir igual. Aunque sólo nos sirvan para darnos pena.