Hace unos días, asistí a un espectáculo insólito que aún me
intento aclarar. Salí de casa corriendo y llegué a la estación de
tren. Tarde, como siempre, pasé mi billete por una puertecita de
color gris que ese día decidió funcionar y crucé la extraña
barrera, seguramente extasiado, como si se tratase de alguna estúpida
competición. Pero, una vez en el tren, todo iba a cambiar. Un alegre
personaje se adueñó de la parte central del vagón y, en un alarde
de generosidad, se dispuso a dar a los pasajeros un
impredecible regalo: Una actuación. Gratuita.
Como lo oís. Obviamente, me giré hacia el escenario improvisado
para contemplar el espectáculo, pero observé algo que me llamó la
atención: Todo el mundo seguía igual. Unos leían el periódico,
otros hablaban entre sí y otros, simplemente, no hacían nada, pero
nadie se paró a disfrutar de esa actuación tan musicalmente
impecable, excepto algunos que, pasados unos minutos, decidieron
deleitarse con el inevitable concierto.
Como todas las cosas buenas de esta vida, la función se terminó.
Nadie se levantó a darle la mano. Las jóvenes del tren no se
abalanzaron sobre él, haciendo que tuviera problemas para cambiar de
vagón, y los aplausos y los vitoreos no resonaron por todo el tren
en ningún momento. En vez de eso, el artista pasó alegremente entre
las gentes a recoger míseras propinas, que en su mayoría no debían
superar lo que le habría costado el viaje. En un acto de total
transgresión y temeridad, saqué de mi bolsillo una moneda que no se
correspondía en absoluto con el valor su actuación y se la ofrecí. “Gracias”,
me dijo, mientras el resto de la gente me miraba con una diversidad
de expresiones que no supe descifrar.
¿Cómo es posible? ¿Cómo entender que incluso a mí, que siempre
me he considerado buena persona, me costara de esa manera dar una
moneda que no debía superar el euro? ¿Por qué, si he oído durante
toda mi vida que hay ser piadoso con los pobres? No lo sé. Sólo sé
que todos aquellos que no lo hemos sido, pasearemos un día con
nuestros hijos y les enseñaremos a sentir pena y afecto por aquellos
que no tienen nada. No sentiremos indignación, no estaremos
enfadados, y ni siquiera se nos habrá pasado por la cabeza que aquellos
compañeros nuestros, que están de nuestro bando, puedan tener ideas
o historias que contar. Ese día comeremos bien y nuestra conciencia
estará tranquila, aunque nuestros hijos jamás vayan a disfrutar de los regalos cuando viajan en tren. Los burgueses de dos
zonas saldremos de las estaciones con un aire paternal hacia los que
tienen menos que nosotros, y una vez en la calle, nos seguiremos
quejando de nuestra miseria. Pero no habremos sido indiferentes con las personas que mueren de hambre. Y eso nos hará buenos y
superiores. Aunque todo vaya a seguir igual. Aunque sólo nos sirvan para darnos pena.
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