viernes, 10 de mayo de 2013

Burgueses de dos zonas

Hace unos días, asistí a un espectáculo insólito que aún me intento aclarar. Salí de casa corriendo y llegué a la estación de tren. Tarde, como siempre, pasé mi billete por una puertecita de color gris que ese día decidió funcionar y crucé la extraña barrera, seguramente extasiado, como si se tratase de alguna estúpida competición. Pero, una vez en el tren, todo iba a cambiar. Un alegre personaje se adueñó de la parte central del vagón y, en un alarde de generosidad, se dispuso a dar a los pasajeros un impredecible regalo: Una actuación. Gratuita.

Como lo oís. Obviamente, me giré hacia el escenario improvisado para contemplar el espectáculo, pero observé algo que me llamó la atención: Todo el mundo seguía igual. Unos leían el periódico, otros hablaban entre sí y otros, simplemente, no hacían nada, pero nadie se paró a disfrutar de esa actuación tan musicalmente impecable, excepto algunos que, pasados unos minutos, decidieron deleitarse con el inevitable concierto.

Como todas las cosas buenas de esta vida, la función se terminó. Nadie se levantó a darle la mano. Las jóvenes del tren no se abalanzaron sobre él, haciendo que tuviera problemas para cambiar de vagón, y los aplausos y los vitoreos no resonaron por todo el tren en ningún momento. En vez de eso, el artista pasó alegremente entre las gentes a recoger míseras propinas, que en su mayoría no debían superar lo que le habría costado el viaje. En un acto de total transgresión y temeridad, saqué de mi bolsillo una moneda que no se correspondía en absoluto con el valor su actuación y se la ofrecí. “Gracias”, me dijo, mientras el resto de la gente me miraba con una diversidad de expresiones que no supe descifrar.

¿Cómo es posible? ¿Cómo entender que incluso a mí, que siempre me he considerado buena persona, me costara de esa manera dar una moneda que no debía superar el euro? ¿Por qué, si he oído durante toda mi vida que hay ser piadoso con los pobres? No lo sé. Sólo sé que todos aquellos que no lo hemos sido, pasearemos un día con nuestros hijos y les enseñaremos a sentir pena y afecto por aquellos que no tienen nada. No sentiremos indignación, no estaremos enfadados, y ni siquiera se nos habrá pasado por la cabeza que aquellos compañeros nuestros, que están de nuestro bando, puedan tener ideas o historias que contar. Ese día comeremos bien y nuestra conciencia estará tranquila, aunque nuestros hijos jamás vayan a disfrutar de los regalos cuando viajan en tren. Los burgueses de dos zonas saldremos de las estaciones con un aire paternal hacia los que tienen menos que nosotros, y una vez en la calle, nos seguiremos quejando de nuestra miseria. Pero no habremos sido indiferentes con las personas que mueren de hambre. Y eso nos hará buenos y superiores. Aunque todo vaya a seguir igual. Aunque sólo nos sirvan para darnos pena.

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