Quiero ser normal
Uf, el bar. Entro en él y entro en mí mismo. Jamás me lo hubiera creído si me lo hubieran contado. Poco a poco pago, voy pagando por vaciar el cubo de asco que me ha llenado la semana. El "no lo haces bien", el "él es mejor" y el "es culpa tuya" se difuminan. Con cada golpe de cristal en la mesa, se me desatasca la felicidad que hubiera jurado que no seguía ahí. La poca risa que me produce consumirme contagia a los demás. Mientras ellos suben, yo me río, irónico y despiadado, orgulloso de saber que soy el único que se prepara para la caída que me provoca pensar. Cada día me miro a mí mismo, más altivo y más orgulloso de haber sabido culpar a otros de odiar mi propia vida. Hasta lo tópico de este tema me parece personal y me hace enorgullecerme de mirar por encima de mi hombro mientras lo escribo. El sindicato de los tontos parece que aquí no tiene sitio. O eso, o es que me he unido sin darme cuenta.
Sin comerlo, pero bebiéndolo, he encontrado por fin un sitio con gente normal, con una vida normal, una opinión normal, con palabras normales, parejas normales y ropa normal. Personas que no intentan destacar, que actúan como lo haría tu padre o tu hermano. Gente rubia, morena, alta, bajita. Personas a las que ni siquiera se les ha pasado por la cabeza, porque no se les ocurre. Humanos cuya humanidad les ha deshumanizado. Gente que ha tenido la inteligencia de no entender cómo funcionan las cosas y que ha acabado, por suerte para ellos, igual que habían empezado: Haciendo amigos, hablando con gente y tomando cosas en un bar. Yo qué sé, tío, lo de siempre. Peña con la que puedes disfrutar de ser persona y de no entender por qué a la gente no le encaja la materia en la tapa de los sesos.
Gente con la que puedes bajarte de un mundo del que te hartas. Como de ese algo que te gusta pero que acabas por odiar. Y yo de verdad que intento hacer caso, que consigo que las cosas me gusten, que progreso, que estudio, que hago caso, que mejoro, que practico, que corro, que pienso, pero me toca los huevos ver que en todos los sitios que piso, ya se hace raro ser decente, que el pensar en el otro ya depende de unos papeles y de lo que te diga qualquier cuadrilla de hijos de puta.
Me gustan los bares. Son lugares con gente. Lugares que hacen que, cuando vuelves a tu casa, puedas sentir miedo, puedas notar cómo el viento del invierno te hiela las entrañas mientras te sientes libre dentro de tu urna de cristal. Más grande, más pequeña, más limpia o menos, pero tuya al fin y al cabo. Que te hacen soñar ser libre soñando con paraísos que se esconden bajo el cemento de tus pies, esconderte de gente que no existe. Respirar el aire cortante, a la par que puro, que con su inmensidad llena tu diminuto pecho hasta llegar casi a ahogarte. Imaginar falsamente que, en la mejor de tus pesadillas, eres el centro que atrae toda la fuerza de un mundo que se acaba mañana, en cuanto te levantes.
Me gustan los bares. Son lugares con gente. Lugares que hacen que, cuando vuelves a tu casa, puedas sentir miedo, puedas notar cómo el viento del invierno te hiela las entrañas mientras te sientes libre dentro de tu urna de cristal. Más grande, más pequeña, más limpia o menos, pero tuya al fin y al cabo. Que te hacen soñar ser libre soñando con paraísos que se esconden bajo el cemento de tus pies, esconderte de gente que no existe. Respirar el aire cortante, a la par que puro, que con su inmensidad llena tu diminuto pecho hasta llegar casi a ahogarte. Imaginar falsamente que, en la mejor de tus pesadillas, eres el centro que atrae toda la fuerza de un mundo que se acaba mañana, en cuanto te levantes.
Me encanta disfrutar de las cosas extraordinarias que conlleva ser normal. Y es que, lo quiera y no lo quiera, vivo de jugar a que aún soy humano imaginando la vida que he acabado por olvidar.
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