martes, 3 de junio de 2014

La abdicación, un ataque de clase


Ayer conocíamos con mucha sorpresa la noticia de la abdicación del ya ex-rey de España, Juan Carlos I. Gracias al mito de la Transición (o transacción, ya que se calcula que desde entonces ha amasado una fortuna de unos 2.100 millones de euros), el rey se hizo su lugar en poder y consiguió convertirse en la cara visible del régimen del 78. Así fue como este gran admirador de Franco, que reconoce abiertamente que el caudillo es uno de sus patrones morales, consiguió hacerse un hueco en el poder y convencer a la sociedad española de su necesidad y de su gran obra como Jefe de Estado. Se ignora en este relato el desfile de prole franquista que protagonizan los ricos en nuestro país (Ignacio González, Fraga, Aznar, Suárez, Mario Conde...) y los famosos rumores de adulterio, asesinato y las pruebas irrefutables de corrupción que han rodeado a la corona durante toda su existencia. (las balas de la escopeta con la cual mataba elefantes fueron pagadas con dinero público).

Hasta aquí creo que no he dicho nada que no sepáis ya, pero creo que hay algo muy importante que la gente ignora en este corto período de entrerreyes y que me parece que mucha gente está obviando:

Esta abdicación es un movimiento de clase. No es casualidad que haya ocurrido tras el tremendo declive de los partidos del régimen en las europeas, que ya no suman ni siquiera el 50% de los votos en nuestro país, ni que venga después de los grandes escándalos de corrupción que rodean a la corona. La impopularidad descarada y manifiesta de los partidos oficiales ha revivido al 15M y a todos los movimientos políticos populares prácticamente ella sola y hace temblar al discurso de la impunidad política de los grandes partidos y del "no se puede, igualmente harán lo que quieran". Nos guste o no, en una dirección correcta o incorrecta, la oposición al bipartidismo (que no necesariamente al capitalismo) se hace notoria y el régimen no ha salido impune de la creciente concienciación de la gente. La abstención es la primera ficha en la lucha de clases por parte del poder y rebela, en parte, su debilidad. Es por eso que es un momento decisivo para la movilización masiva de las clases populares. Y la solución no pasa en absoluto por la división, aunque sea importante marcar diferencias entre las dos voluntades nacionales. Pero la unidad de acción es crucial.

La abdicación no es sino el comienzo de la batalla, y el precio que vamos a tener que pagar si perdemos es muy alto: otra monarquía o, en su defecto, una república federal burguesa tal como la de Alemania, cosa que en España me parece muy difícil. La solución, se mire como se mire, está en el carácter de clase de la república. Y es por eso que la gente no puede aceptar una mínima colaboración con los ricos y los grandes propietarios ni con los partidos oficiales, que tienen intereses totalmente opuestos a los suyos.

El próximo paso es decidir si la república que queremos es una república de los trabajadores o, en cambio, haremos concesiones a las clases altas y nos conformaremos con un movimiento burgués de maquillaje del sistema.

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