lunes, 27 de julio de 2015

Máquinas

Hace frío fuera. Tengo la chupa gastada, ya no me abriga de nada. Ni del frío de la noche ni del calor del trabajo. Estoy jodidamente cansado y, si te digo la verdad, me está empezando a dar igual. Ya no tengo la cabeza para pensar y qué quieres que te diga, es mejor así. Total para pensar en la casa. En Marc, que habrá cumplido ya los tres años. ¿Tres? Sí, diría que sí. Yo qué sé, si ya ni sabrá quién soy. Ha pasado tanto tiempo que ni se acordará. Y Marta, qué habrá sido de ella. Seguramente aún andará con el el tío ese, el que vivía en la Diagonal. Ni siquiera sé si me puso los cuernos. Seguro que sí, yo también lo habría hecho. No he sido un buen marido. Ni un buen padre. Todo el día preocupado por la casa, el curro y la pasta, y echándoles bronca porque los findes quería dormir y en los veranos no había vacaciones. Y cuando libraba, paseando, yéndome a dar vueltas con el coche o leyendo lo poco que podía. Paseando, tío, sin hacer nada.

Pero bueno, tampoco debo estar tan muerto. La calle de noche, que se pone de un azul de pensar, me ha acabado hasta gustando, y el viento en el pelo se agradece después de la semana. Ando rápido porque hoy es viernes y, qué coño, me apetece darme una alegría. Llevo todo el día currando y no tengo ganas de dormir. Y tío, para ser sinceros, ya voy un poco tocado. No te engañes, lo que yo hago no es nada poético ni bohemio, y no tiene nada de especial. Simplemente me siento a beber y a hablar. El problema es que, cuando hablo, digo lo que pienso, y por eso siempre me ha ido mal. Hablo de la fábrica, de las horas, de que habría que echar al jefe a su puta casa. Siempre he pensado que los de los sindicatos son unos cabrones, eso todo el mundo lo dice, pero son mejores que el cabrón del jefe. Y les digo que en verdad no sé para qué sirve, si tampoco está y no manda ni nada. Los únicos que dan órdenes son currelas como nosotros, menos unos cuantos que se dedican a decirle al jefe que sí a todo. Les digo que la fábrica podría funcionar sin el subnormal ese encorbatado, y que seguro que si los de los sindicatos mandasen almenos no nos pondrían la excusa de que las máquinas estas de mierda ya hacen nuestro trabajo. Pero bueno, creo que tampoco me escuchan. Y en verdad yo tampoco, lo digo para sentirme bien. No me parece que sirva de mucho, pero almenos me desahogo un rato de la semana.



Y entonces me acordé de ella. Joder, no me acuerdo de cuándo la vi. Creo que entrando a trabajar. Seguro que se habría comprado la falda esa que llevaba en una de las tiendas nuevas que han puesto. Y pasó por mi lado como si fuera una sombra. Como si fuera parte de la ciudad. Porque es lo que soy, una sombra muerta de noche en la ciudad. Y ella es lo que será siempre, la chica que sale a ordenar el escaparate. La tía de la que siempre me acuerdo. Joder, qué tendrá, si sólo me gusta a mí. Si todos me miran raro cuando digo que me gusta. Casi es parte del entorno. Todo bonito, perfecto, sencillo... y demasiado caro. Ese escaparate en el que pienso porque no refleja mi vida.

Pero bueno, yo qué sé. Ella siempre será la chica del escaparate. La chica de escaparate. Ese escaparate en el que tantas veces he querido entrar, quizás porque no refleja mi vida. Se hace tarde y mañana no habrá quien me levante. Ya me acordaré de ella la semana que viene, como siempre. 

Rutina y rutina. Máquinas que manejan máquinas.

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